LA EMBAJADA DEL SULTÁN DE MARRUECOS A ROMA
Por Tomás García Figueras
La acción de los
misioneros franciscanos cerca de los sultanes de Marruecos ofrece diversas
facetas, ya que actuaron a veces como consejeros y amigos, o bien sirvieron de
enlace entre su corte y la de los reyes de España. Estas relaciones
determinaron sentimientos de sincero afecto de los sultanes para ciertos
misioneros franciscanos, y entre los muchos casos que registra la Historia,
hemos de citar, en el último tercio del siglo XIX, el del sultán Muley Hassan y
el padre Lerchundi, a quien el sultán llamaba reiteradamente “mi fiel amigo”.
Fue Muley Hassan un
gran sultán marroquí que, si no pudo evitar la descomposición de Marruecos, al
menos la contuvo durante su brillante reinado; fue el padre Lerchundi una gran
figura de la acción de España en Marruecos que no logró, por las codicias e
intrigas europeas respecto a Marruecos y por falta de una política nacional continuada
sobre el Imperio, cuanto pudo lograr. Pero ambos supieron comprenderse y
estimarse muy sinceramente.
En el año 1887 determinó el Gobierno español enviar a la corte del sultán
de Marruecos una embajada, a cuyo frente iba el ministro de España en Tánger,
Diosdado; éste rogó con mucho interés al padre Lerchundi que aceptara el
cargo de intérprete de la embajada, pues deseaba llevarlo en su compañía.
Aceptó el ilustre franciscano, y la embajada, a bordo de la fragata Blanca,
salió de Tánger en agosto de ese mismo año para llegar a Rabat, donde ya
se encontraba el sultán. Se dio la circunstancia de que el día que Muley
Hassan recibió a la representación española, estaba enfermo el padre Lerchundi,
y habiendo observado el sultán su falta, inquirió la causa y se interesó
por su salud; y como le estimaba muy sinceramente y gustaba mucho de hablar
con él, tan pronto como estuvo restablecido, le invitó a ir a palacio y
sostuvo con él una conversación íntima y confiada que duró más de dos horas
y media.
Recayó la conversación sobre la fiesta del
jubileo sacerdotal de S. S. El Papa León XIII, y el padre Lerchundi habló al
sultán de las embajadas que iban de todas las partes del mundo a felicitar a Su
Santidad, de los presentes que le llevaban, de la exposición vaticana, etc.
Escuchaba el sultán complacido estas referencias, y el padre Lerchundi hubo de
manifestarle que así como diversos soberanos musulmanes (sultán de Turquía, sha
de Persia, virrey de Egipto, etc.) iban a enviar sus embajadas al Sumo
Pontífice, también él, como sultán de Marruecos, debía enviar la suya, lo que
constituiría un timbre de gloria para su reinado. Acogió el sultán
complacidísimo la indicación del ilustre franciscano; pero le hizo observar la
gran dificultad que significaba el que Marruecos no dispusiera de un buque de
guerra para conducir a Italia a sus representantes. Le respondió el padre
Lerchundi que si él no tenía buque de guerra para conducir la embajada, los
tenía España, “que era lo mismo que si los tuviese él”, dándole seguridades de
la buena acogida que el Gobierno de Madrid dispensaría a esta indicación tan
pronto tuviera conocimiento de ella. Quedó, pues, de acuerdo el sultán con el
padre Lerchundi, y ambos convinieron guardar el mayor silencio sobre el asunto
para evitar dificultades en la realización del proyecto.
Tanto Diosdado como el padre Lerchundi hicieron llegar al Gobierno español
tan grata nueva, y la Reina Regente, a quien el padre Lerchundi informó
personalmente de ello, indicó al Gobierno la conveniencia de dar cumplida
y rápida satisfacción a los deseos del sultán. Se designó el crucero Castilla,
que fondeaba el 10 de febrero de 1888 en Tánger, y en medio de la gran
sorpresa de todos los representantes extranjeros, recibía a bordo, el día
12, a los miembros “de la embajada marroquí”. De jefe de la misma iba Sid
el Hach Mohammed Torres ben el Arbi, con varios miembros musulmanes más,
y como intérprete, el padre Lerchundi, a quien acompañaba el religioso
lego fray Domingo García.
S. S. El Papa León XIII recibió a la embajada
el 25 de febrero, pronunciando un discurso en árabe el jefe de la embajada, Sid
el Hach Mohammed Torres y traduciéndolo inmediatamente al italiano el padre
Lerchundi. El discurso del embajador fue el siguiente:
“Oh Soberano Pontífice: Nuestro amo el sultán de Marruecos, a quien Dios
bendiga, me ha enviado en calidad de embajador cerca de Vuestra Dignidad
excelsa, y me ordena que os dirija la palabra en su nombre imperial para
felicitaros, como lo han hecho todos los pueblos de Europa, de Asia y de
América y los más grandes potentados de la tierra por haberos concedido
el Dios Altísimo la gracia de llegar al quincuagésimo año de Vuestro Sacerdocio.
Nuestro Soberano, cuya grandeza conserve Dios muchos años, desea cimentar
la amistad con Vos sobre bases sólidas y quiere que esta amistad sea íntima
y estrecha, y que dure perpetuamente, porque conoce que Vos moráis en las
regiones de la justicia y que deseáis siempre el bien y la felicidad de
todas las criaturas del mundo. Al mismo tiempo, nuestro soberano desea
renovar, corroborar y consolidar la amistad que ha existido hasta aquí
entre los religiosos franciscanos y los sultanes sus predecesores, a quienes
Dios santifique. Esperamos además que entre Vuestra Dignidad excelsa y
S. M. Xerifiana no dejará de existir la amistad, sino que continuará y
durará siempre, sin que se extinga jamás. A este fin, nuestro soberano,
a quien Dios favorezca, nos ha enviado a Vuestra presencia ordenándonos
que reanudemos con Vos los lazos de amistad hasta el extremo que aquello
que nos regocije a nosotros sea para Vos alegría, y que aquello que a nosotros
cause pena, la produzca también en Vos. Nuestro soberano, a quien
Dios favorezca, Os ha escrito su carta imperial, que da testimonio de lo
que Os hemos expresado, y nos ha ordenado que la entreguemos a Vuestra
Dignidad excelsa”.
S. S. El Papa León XIII contestó en italiano en estos términos:
“Recibimos con la mayor consideración la
carta imperial que vos, noble e ilustre señor, Nos presentáis de parte de
vuestro augusto soberano, y Nos recogemos con alegría la prueba que nos da su
cortesía y deferencia, enviando personajes de tanta consideración para
ofrecernos felicitaciones y regalos con motivo de Nuestro Jubileo Sacerdotal.Jefe
Supremo de la Divina Religión, que tiene fieles en todas partes del mundo, Nos
deseamos ardientemente interesar a favor de la Iglesia Católica a los jefes
soberanos de los pueblos. Nos, por consiguiente, estamos muy agradecidos a S.
M. Imperial, quien, adelantándose a Nuestro deseo, hace protestas, por vuestra
mediación, de que quiere Nuestra amistad sobre bases sólidas y duraderas.
Nos experimentamos, además, viva complacencia
al ver entre nosotros a un digno hijo de aquella Orden que, desde su fundador,
se ha propuesto, entre los campos más importantes de sus empresas, el África en
general y Marruecos en particular. Nos hemos oído con alegría las palabras que
habéis pronunciado a propósito de estos religiosos, y Nos estamos ciertos de
que se mostrarán siempre dignos de la benevolencia y protección que S. M.
Imperial quiera concederles.
No es la primera vez que se han verificado
cambios de embajada y declaraciones de amistad entre los pontífices romanos y
los soberanos de África. Nos llena de alegría que se reanuden ahora estas
relaciones de amistad, y Nos pondremos todos Nuestros cuidados para cultivarlas
y hacerlas más íntimas.
Obligados por la gratitud que Nos profesamos a Su Majestad Imperial, Nos
queremos renovar aquellos votos de salud y de gloria que el gran Gregorio
VII, uno de Nuestros más insignes predecesores, expresaba a Asir, rey de
la Mauritania, quien le honraba y pedía su amistad. Nos pedimos asimismo
al Señor que haga prósperos y felices a Marruecos y al ilustre monarca
que rige sus destinos”.
La importancia y trascendencia de la embajada de Muley Hassan se deduce de la sola exposición hecha. El sultán de Marruecos rendía homenaje de consideración y de respeto al Jefe Supremo de la Cristiandad, y ello había de tener una gran importancia, no sólo en el orden de las relaciones entre cristianos y musulmanes y de protección a los cristianos que residían en Marruecos, ya que ante el mundo se ponía bien de relieve la confiada amistad de los dos pueblos.
El hecho también de que el sultán de Marruecos, príncipe de los creyentes musulmanes, organizase esta embajada en perfecto acuerdo con un misionero español y hasta confiara a éste, en realidad, todo lo relativo al feliz éxito de ella, prueba bien cuál era el prestigio de los misioneros franciscanos en Marruecos, y la personalidad, por tantos conceptos destacadísima, del padre Lerchundi. Con ocasión de la embajada, las relaciones de España y Marruecos, puestas de manifiesto de modo tan elocuente, constituyeron tema del mayor interés de todas las cancillerías europeas.