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| Los Duques de Guisa en su Palacio de Bruselas (años 20) |
La Duquesa de Guisa (hacia 1935) | Isabel de Orleáns (años 30) |
LARACHE Y LA DUQUESA DE GUISA
Existió en la zona norte marroquí, en aquella
que le asignaron los Acuerdos de Protectorado de 1912 a España, una corte que
brilló con luz propia. Ni era la del Jalifa, ni estaba en Tetuán: fue la de
Isabel de Orleáns y Orleáns, Duquesa de Guisa, establecida en Larache de forma
casi permanente aun antes de la presencia española.
El
porqué de la llegada de los Duques de Guisa, Juan e Isabel, a Marruecos resulta
cuanto menos sorprendente. Arribaron a Tánger en 1909 procedentes del castillo
de Nouvion-en-Thiérache, en el norte de Francia, una de las muchas propiedades
de la familia. Su hijo Enrique (futuro Conde de París), dice en su libro
“Mémoires d’exil et de combat” que en aquel castillo su madre se sentía
prisionera. Se dedicaba a hacer obras de caridad en los pueblos de los
alrededores y combatía el aburrimiento leyendo libros sobre el norte de África
heredados de su tío-abuelo el Duque de Aumale, que había luchado en Argelia
contra Abd-el-Kader. Estas lecturas al parecer excitaron su curiosidad sobre el
Magreb.
Mientras, su marido Juan, más sedentario y menos inquieto que ella, no
parecía encontrarse a disgusto en el castillo francés, donde estudiaba la
Historia de la región y continuaba sus investigaciones sobre los regimientos de
Francia.
Sea como fuere, abandonaron Francia para llegar a Tánger en 1909. No lo
hacían solos, sino con cuatro hijos de corta edad: Isabel (nueve años),
Francisca (siete años), Ana (tres años) y Enrique (un año). Si la Duquesa de
Guisa se aburría y necesitaba nuevos horizontes, seguro que al menos para sus
pequeños hijos había otros lugares más seguros que el Marruecos de aquel
entonces, entre ellos Villamanrique, en la provincia de Sevilla, donde residía
la madre de la Duquesa, llamada también Isabel, nacida Infanta de España y en
aquel entonces Condesa viuda de París.
Desde luego no se marcharon de Francia porque pesara sobre ellos la ley
del exilio de 1886, pues ésta afectaba a los jefes de las familias que hubiesen
reinado en Francia (Orleáns y Bonaparte, pues los Borbones franceses se habían
extinguido en 1883) y a sus herederos varones directos, y el Duque de Guisa no
se hallaba en esa situación.
Era creencia consolidada entre ancianos larachenses que tuvieron ocasión
de frecuentar a los Duques con asiduidad, el hecho de que llegaron a Marruecos
“con lo puesto”. Todavía viven descendientes de aquellos que conocieron
personalmente a la Duquesa de Guisa, y que con prodigiosa memoria recuerdan a
sus padres narrar cómo los Duques fueron acogidos inicialmente por las monjas
Franciscanas Concepcionistas y ayudados económicamente por la familia belga
Clarembaux, establecida en Larache desde el siglo XIX.
¿A
qué tanta aventura y precariedad económica en unos Príncipes de sangre cuyos
bienes no estaban confiscados en Francia?. ¿Por qué el ir a parar a Marruecos
con cuatro niños pequeños, el menor con un año?. Son especulaciones, pero tal
vez tengan que ver con un duelo ocurrido en Larache antes de la I Guerra
Mundial en los jardines del “Palacio de la Duquesa” entre el representante del
cónsul de España, Zapico, y el Conde de Bernis (que había llegado con el
séquito de la Duquesa en 1909), en el que el francés resultó muerto. Se
adujeron insultos que el Conde había proferido hacia España; pronto se “echó
tierra” sobre el asunto, pero la muerte de aquel Conde en duelo, siempre fue
relacionada con cuestiones amorosas que apuntaban hacia la Duquesa.
Llegados a Tánger, comenzaron los Duques a recorrer distintos lugares
del norte de Marruecos, con la intención de establecerse como colonos. Fue así
como recorriendo a caballo la costa atlántica marroquí, llegaron a Larache.
¿Qué pudo mover a la Duquesa de Guisa querer establecerse en esta ciudad?. Quizás
el encontrarse con “una pequeña ciudad recia, antigua y tranquila”, en palabras
de su nieto el Príncipe Miguel de Grecia. O tal vez que allí conociese a
alguien. En este último sentido apuntan testimonios que he recibido
recientemente y que hablan de su relación amistosa con una francesa, quizás
antigua dama de honor de la Duquesa, casada con un Clarembaux y residente por
aquel entonces en Larache.
Avalando la tesis de su penuria económica, el Conde de París en el libro
anteriormente citado, cuenta cómo con el apoyo de Alfonso XIII sus padres
obtuvieron “la concesión excepcional de un terreno de cuatro hectáreas en
Larache”. Quizás esta concesión “excepcional” se debiera a que las tierras que
se dieron a los Duques fuesen anteriormente propiedad del Majzen. Puede ser,
aunque revelaciones recientes me indican que al menos parte de esas tierras
fueron donadas por la familia Clarembaux, que efectivamente eran propietarios
de la finca conocida en aquella época como “Jardín del Zoco”, que comenzaba
donde después se hizo la Plaza de España (actuala Plaza de la Liberación,
antiguo Zoco Grande) y que corriendo más o menos paralela a la costa, se
adentraba hacia el interior.
Adquirieron casi simultáneamente una propiedad agrícola a unos treinta
kilómetros de Larache, ya en lo que luego fue zona francesa, y la bautizaron
con el nombre de “Marif”. En esta finca vivieron pocos años, mientras se
construía la casa-palacio de Larache. No se dieron a conocer por su auténtico
apellido y rango, haciéndose pasar por la familia Orliac, aunque no por mucho
tiempo pudieron ocultar su verdadera identidad.
Al
estallar la I Guerra Mundial, el Duque de Guisa se alistó con el falso nombre
de Jean Orliac y con él pudo servir a Francia como delegado de la Cruz Roja;
descubierta su identidad, fue encargado
por la República de difíciles misiones y al finalizar la contienda, recibió la
Cruz de Guerra Francesa. Regresó a Larache pero nunca sintió hacia esta ciudad
el cariño y apego que siempre tuvieron sus hijos y sobre todo su esposa Isabel.
Fue entonces cuando se trasladaron de la finca “Marif” a lo que todos los
larachenses conocemos como el “Palacio de la Duquesa de Guisa”, construido en
parte de aquellas cuatro hectáreas recibidas. Un edificio con planta baja y
primer piso con una gran terraza, pulcramente encalado en blanco y con
persianas y puertas pintadas en azul marino; paredes encaladas sobre las que
trepaban buganvillas moradas y todo ello -aparte otras dependencias diseminadas
por la propiedad- rodeado de un extenso jardín en el que setos de mirto
flanqueaban senderos interrumpidos de vez en cuando por plazoletas con
fuentecillas y bancos de azulejería, que recordaban a los de los Reales
Alcázares de Sevilla (no en vano la Duquesa era hija de Infanta española y sevillana);
dentro de los parterres, alhelíes, fucsias, geranios y claveles. Enormes
jazmineros podados en forma redondeada y damas de noche. En lugares más
retirados, limoneros luneros y naranjos. Durante los mese de abril y mayo,
enormes cantidades de gladiolos rosas y blancos florecían por todas partes. En
las zonas más umbrías, plantadas en tiestos vidriados en cuya decoración
geométrica, haciendo arabescos, alternaban dibujos blancos y azules, las
obligadas aspidistras. Y por todo aquel jardín que se iba haciendo más
enmarañado conforme se alejaba del Palacio, numerosas tortugas terrestres lo
recorrían a su antojo en cualquier dirección.
Allí se estableció una corte cuyo centro sin duda fue la Duquesa de
Guisa. Aunque no residían permanentemente en Larache, sino que alternaban sus
estancias en la ciudad marroquí con otras en distintos países europeos, era
ella quien de manera casi obstinada regresaba a esta ciudad siempre que podía,
para permanecer allí cuanto más tiempo mejor. El Duque de Guisa a veces la
acompañaba en estas largas estancias, pero no sintiendo por aquel lugar el
cariño de su mujer, se aburría “soberanamente”, dedicándose a practicar uno de
sus entretenimientos favoritos: tocar el tambor por los jardines del Palacio,
motivo por el cual se hizo popular entre los larachenses. Esta afición la alternaba con la cacería y la
equitación, que practicaba sobre todo al fondo del extenso jardín donde
bastante diseminados, crecían eucaliptos, palmeras y araucarias.
Cuando los Duques de Guisa llegaron a Larache, él no albergaba ninguna
posibilidad de convertirse en Jefe de la Casa de Francia; ocupaba el tercer
lugar en la línea sucesoria. Pero el destino quiso que los que le precedían
murieran sin descendencia masculina. Cuando en 1926 falleció su primo hermano
el Duque de Orleáns (hermano de su mujer), el Duque de Guisa se convirtió en
Jefe de la Casa de Francia; y con él su mujer y prima Isabel en “reina de
derecho” de aquel país.
La
República francesa en consideración al papel desempañado por el Duque durante
la I Guerra Mundial, le ofreció la posibilidad de establecerse o pasar
temporadas en Francia, con la condición de que se abstuviera de participar en
cuestiones políticas. Pero él, consciente de lo que representaba y tras
comunicárselo a su hijo y heredero Enrique, Conde de París y por tanto ya
convertido en Delfín, decidieron exiliarse.
Es
en esta época, a partir de 1926, cuando la Duquesa de Guisa, sin de jar de
pasar largas temporadas en Larache, debió asumir las responsabilidades de su
nuevo papel. La Casa de Francia estableció su domicilio oficial en las
cercanías de Bruselas y como a la Duquesa no le afectaba la ley del exilio,
organizaba visitas de propaganda monárquica a París y distintas provincias,
donde en medio de ciertas esperanzas de restauración monárquica, era aclamada
por la multitud con gritos de ¡viva la reina!. Lo cierto es que el Duque de
Guisa, convertido contra todo pronóstico en pretendiente al trono y no
sintiéndose atraído por la política, fue poco a poco dejando las riendas de la
causa monárquica orleanista en manos de su hijo, el Conde de París.
El
estallido de la II Guerra Mundial marca un antes y un después en la vida de la
Duquesa de Guisa. Si llegada a Larache en 1909 fue enamorándose de la ciudad
hasta el punto de que contra viento y marea hacía todo lo posible por
permanecer en ella cuanto más tiempo mejor, a partir de 1939 y durante
veintidós años, puede afirmarse que Larache se convirtió en su residencia
oficial y que sus salidas al exterior se fueron espaciando cada vez más en el
tiempo.
Al
declararse el conflicto, los Duques se refugiaron en el Palacio de Larache. Y
en este lugar falleció el Duque de Guisa el 25 de agosto de 1940. El cadáver
fue velado por las Hermanas de la Caridad del hospital de la Cruz Roja y por la
capilla ardiente desfiló gran parte del pueblo de Larache. Sus restos fueron
trasladados directamente desde el Palacio ducal al cementerio viejo (de Nador o
la Marina), donde fue sepultado en un nicho del Panteón de la Aviación
Española.
Prueba de la importancia que las autoridades españolas daban a los
Orleáns exiliados en Larache, fue la asistencia al entierro de numerosas
personalidades. Así, presidieron el cortejo fúnebre el Obispo de Tánger, el
Alto Comisario de España en Marruecos (General Asensio), el Secretario General
de la Alta Comisaría, el Coronel Jefe del Territorio de Larache, el Interventor
Regional, el Bajá de la ciudad (Sidi Mohammed Jalid Raisuni), el Ministro de
España en Tánger (Don Carlos Miranda) y el Administrador de la Zona de Tánger
(Don Manuel Amieva). A ellos debe sumarse la presencia de una nutrida
representación de notables marroquíes y el pleno del Consejo Comunal Israelita.
Ya
no fue sólo la guerra, sino el enviudar, lo que motivó el que la Duquesa de
Guisa “enraizase” definitivamente en Larache y crease una pequeña corte en
torno a la cual giró la sociedad larachense de la época. Convertida de derecho
en “reina viuda” de Francia, y recayendo la herencia dinástica en su hijo el
Conde de París, pudo organizar su vida sin tanta dependencia como la que en su
papel de consorte, había tenido desde 1926.
Por el momento, el conflicto mundial planteó graves problemas a la
familia y el Palacio de Duquesa en Larache se convirtió durante algunos años en
residencia habitual (lugar de refugio para ser más exactos) de numerosos
príncipes. Aparte de ella y desde 1940, allí estuvieron el Conde y la Condesa
de París con sus hijos los príncipes Isabel, Enrique, Elena, Francisco, Ana y
Diana; por si ello fuese poco, en 1941 nacían en Rabat los gemelos Jaime y
Miguel y en 1943 y en el Palacio de Larache, la Condesa de París daba a luz a
la princesa Claudia. A los citados, se unieron las hijas de la Duquesa: Isabel
y su segundo marido el príncipe Pedro Murat con las tres hijas de ella; y
Francisca (viuda del príncipe Cristóbal de Grecia) con su hijo el príncipe
Miguel de Grecia.
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| Los Duques de Guisa y el Conde de París en el Vaticano (finales años 30) |
De izquierda a derecha los Príncipes: Diana, Francisco, Elena, Enrique, Ana e Isabel. Terraza del Palacio de Larache. Año 1943. |
El
Palacio de Larache se convirtió en una especie de cuartel en el que hubo que
organizarse como se pudo para dar cabida a tantas personas. Fue necesario
planificar los estudios para los niños y la propia Duquesa presidía una
comisión que se constituyó para examinar a sus nietos.
Isabel de Orleáns se sentía feliz rodeada de los suyos, pero poco antes
de acabar la guerra se vio en el amargo trance de comunicarles que se había
quedado sin dinero para mantenerles: todos hubieron de levantar el vuelo y
abandonar Larache, la ciudad que durante aproximadamente cuatro años se
convirtió en residencia de doce miembros de la Casa de Orleáns, dos de la
familia real griega y dos de la familia Murat (emparentados con los Bonaparte).
Todavía en vida del Duque y a principios de los años veinte habían sido
frecuentes en Larache la celebración de fiestas cuya finalidad era la recaudación
de fondos para necesitados. Tenían lugar en el Casino Español, que había sido
fundado por el que fuera Coronel Fernández Silvestre en un lateral del arenal
de lo que luego sería Plaza de España, y a ellas, aportando su colaboración,
asistían de manera habitual los Duques de Guisa y sus hijos.
El
rápido crecimiento de la población larachense, con la llegada de gentes muy
escasas en recursos venidas sobre todo de las costas andaluzas y levantinas y
que buscaban mejores condiciones de vida, hizo que el problema de asistencia
social en la ciudad aumentase. Es en 1926 y en el barrio de Larrucea cuando la
Duquesa de Guisa funda la “Casa del Niño”, para ayuda de niños españoles
necesitados. La Duquesa fue presidenta de la Junta constituida para dirigir la Institución,
cuya secretaria pasó a ser su amiga Suzanne Spiteri de Clarembaux, y su apoyo
económico fue decisivo para que la fundación saliese adelante. La labor de
Isabel de Orleáns a favor de los niños necesitados fue de tal magnitud que el
Alto Comisario, General Sanjurjo, en nombre del Rey Alfonso XIII, le impuso en
el año anteriormente citado la Gran Cruz de Beneficencia.
La
actuación solidaria de la Duquesa hacia cualquier obra encaminada a la
asistencia de los menos favorecidos parecía no tener fin. Si la “Casa del Niño”
estaba destinada a niños españoles, no había discriminación para gentes de
cualquier religión, a las cuales era habitual ver haciendo cola en días
determinados a las puertas del Palacio para recibir ayuda.
La
institución de la Cruz Roja fue fundada en Larache en 1922 y desde el principio
destacó la participación de Isabel de Orleáns, que pasó a ostentar el cargo de
Presidenta de Honor de la Asamblea Local.
Ahora, el fin de la II Guerra Mundial le permitió poder disponer de los
recursos sin los que se había quedado, y a partir de entonces se volcó más si
cabe en la solidaridad y ayuda para con los necesitados. Fue en estos años de
la posguerra española y mundial cuando bajo su presidencia se organizaban
frecuentes actos sociales cuya finalidad era recaudar fondos para los menos
favorecidos: rifas y bailes que reunían a numerosas personas que querían
participar en el proyecto de la Duquesa.
Lo
cierto es que en aquellos años cuarenta, pocos actos de importancia se hacían
en Larache si no era con la participación de la Duquesa de Guisa. Su esbelta
figura, ojos profundamente azules y unos coloretes que en sus mejillas trataban
tal vez de disimular la palidez del rostro, se unieron para siempre a la
Historia de la ciudad.
Cuando el 23 de octubre de 1945 fue
asesinado en la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Larache el párroco Don
Pedro Martínez –crimen que conmocionó a la ciudad- y cuando días después tuvo
lugar el entierro, en la comitiva fúnebre y en su primera presidencia se
hallaba la Duquesa de Guisa; era la única mujer, junto a la cual formaban el
cortejo entre otras personalidades el General Jefe del IX Cuerpo de Ejército
(Don Francisco Delgado Serrano), el General Jefe del territorio (Mohammed Ben
Mizián Bel Kassem), y el Bajá de la ciudad (Sidi Mohammed Jalid Raisuni).
Sus hijos y nietos acudían con frecuencia a visitarla, porque era
prefería permanecer en la ciudad a la que llegó en aquel lejano 1909 y a la que
tantos recuerdos la unían. Sin duda el cariño y la deferencia con que los
larachenses la trataban, no fueron ajenos a aquella obstinación con que la
Duquesa de Guisa quiso seguir viviendo en Larache.
Su
corte era sencilla, pero bien organizada. Inicialmente su chambelán fue
monsieur Bazaine (hijo del mariscal del mismo nombre, condenado tras la
capitulación del ejército que dirigía frente a los prusianos); después de
Balzaine, su chambelán, ya hasta el final, fue monsieur Chambon.
Las señoritas Baglietto y Díaz eran sus damas de compañía, quienes la
tenían informada de todo lo que de importancia ocurría en la ciudad y quienes
confeccionaban las listas de personas que, cada dos semanas aproximadamente,
eran recibidas por la Duquesa. Ellas se encargaban de ponerle al corriente de
todos los pormenores de quienes iba a recibir, de tal manera que el invitado,
cuando la Duquesa le preguntaba con interés por su hijo o hija, marido o madre,
se iba con la convicción de que la señora estaba al corriente de lo que en su
familia ocurría...
Eran también Baglietto y Díaz quienes la acompañaban a la Iglesia de
Nuestra Señora del Pilar, donde en primera fila y frente al altar del Sagrado
Corazón, la Duquesa de Guisa y su familia siempre tuvieron reclinatorio propio.
Ni
qué decir tiene que el ser recibido en audiencia por la Duquesa, era para la
sociedad larachense muy codiciado. Ella no era tonta, lo sabía; como también
sabía con toda delicadeza poner en su lugar a quien se propasaba en confianza o
atribuciones mal entendidas. Así, cuando en cierta ocasión un reducido grupo de
esposas de militares españoles se atrevieron a decirle que no era conveniente
que mantuviese amistad con la francesa madame Brau, porque se murmuraba acerca
de su vida privada, la Duquesa esbozó la mejor de sus sonrisas; con sus
profundos ojos azules miró a todas unos instantes y con voz dulce contestó:
“Pues deben saber en Larache que quien no sea amiga de madame Brau, tampoco lo
es de la Duquesa de Guisa”. Y aquellas cotorras malintencionadas enmudecieron.
Las fiestas en el Palacio no eran numerosas. Una o dos al año como
mucho, con carácter multitudinario. Y eso sí, de forma privada, cenas a las que
acudían sus amistades más allegadas, cada dos o tres semanas y que reunían a
unas quince o veinte personas. Cuando la cena había concluido, ella, ya mayor,
se retiraba a sus habitaciones y dejaba que los jóvenes presentes organizasen
bailes hasta altas horas de la madrugada.
Llevaba una vida tranquila y relajada. Poco a poco fue abandonando la
equitación, que practicaba en los jardines del Palacio y en la que llegó a ser
una gran amazona. Ahora prefería recibir lecciones de piano del profesor músico
Don Aurelio Gómez Paños, pasear por los extensos y apacibles jardines y
conversar. En los años finales, y cuando las señoritas Baglietto y Díaz cesaron
como damas de compañía, fueron sustituidas por la señora de Ochoa. Le gustaba
hablar con la popular periodista Adelina, que rara era la semana en que no daba
noticias de la Duquesa en el periódico “El Avisador de Larache”, acompañada de
la correspondiente fotografía; y también con su médico de cabecera el Doctor
Don Antonio Mayor. Cesadas en su cargo sus dos primeras damas de compañía, que
eran quienes la tenían hasta entonces informada de todo –sobre todo Baglietto,
que habían llegado con ella a Larache en 1909-, eran el Doctor Mayor quien la
mantenía al tanto de lo que sucedía en la ciudad. Absolutamente todos los días
iba a ver a la Duquesa, convirtiéndose así no sólo en el sanador de los
achaques que con la edad iban apareciendo, sino en un verdadero confidente.
Dentro del interés que entre otras cosas la Duquesa siempre mostró hacia
los niños y la educación, bajo su mecenazgo Doña Patrocinio Díaz fundó el
“Colegio Santa Isabel”, llamado así en honor de la Duquesa (del que el que
escribe estas líneas se siente orgulloso de haber sido alumno), y en el que se
impartía enseñanza desde párvulos hasta primero de bachillerato.
La
Duquesa de Guisa decidió seguir viviendo en Larache cuando en 1956 Marruecos
recobró su independencia; se sabía querida y era ya anciana; y además ¡había
llegado allí antes del Protectorado!. Quiso pasar los últimos años de su vida
arropada por las visitas de sus familiares y por el cariño de los larachenses
sin distinción de religiones. Años antes, había tenido la alegría de ver
levantada la ley del exilio que prohibía a su hijo (el Conde de París) y a su
nieto Enrique la entrada en Francia. Albergó también la esperanza de una
posible restauración de la monarquía, toda vez que las numerosas entrevistas
entre el General De Gaulle y el Conde de París así lo hacían presagiar.
Pero en octubre de 1960 ocurrió algo que traspasó su corazón: la muerte
en acción de guerra de su nieto Francisco (segundo hijo varón del Conde de
París); luchaba en la guerra de Argelia y cayó en combate. Era un “orgullo” que
un Orleáns diese la vida por su patria, pero un golpe demasiado duro para una
anciana.
La
Duquesa de Guisa, la “reina madre de derecho” de Francia, falleció en su
Palacio de Larache el 21 de abril de 1961. Fue grande el pesar que la noticia
causó en la ciudad.
Su
cadáver fue embalsamado por el Doctor Mayor, con ayuda de los practicantes Don
Andrés Tenorio y Don Rafael Morales. Trasladado a Francia, fue enterrado en el
Panteón de la familia Orleáns en Dreux, donde ya descansaban los restos de su
marido. Allí la esperaban los suyos, pero ella había querido morir en Larache.
El
Palacio fue cerrado, siendo custodiado por la familia Barrales-Vargas. En él se
alojó en una ocasión el rey Hassán II. Pocos años después, y tras hacerse cargo
de todo lo que de valor pudiese haber, el Conde de París vendió la propiedad.
En su interior se realizaron reformas y el Palacio quedó convertido en el
“Hotel Hesperis”; en la actualidad se llama “Hotel Ryad”.
Hoy en día, continúa siendo el bonito
caserón pintado en blanco, con persianas y puertas de color azul marino y por
el que en algunas fachadas, las buganvillas de color morado, las mismas que vio
la Duquesa, siguen trepando y cubriendo los muros.
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| Estado actual de una de las fachadas del Palacio de la Duquesa de Guisa en Larache. |
En
Larache no la han olvidado y aunque de manera incomprensible –quizás ingrata,
pues en su acción solidaria nunca olvidó a los marroquíes-, a finales de la
década de los sesenta cambiaron el nombre de la calle “Duquesa de Guisa”, a la
que se abría la puerta principal del Palacio, cuarenta y un años después de su
fallecimiento, no sólo muchos mayores se acuerdan de la Duquesa y de su gran
generosidad, sino que entre los marroquíes larachenses circula una frase hecha
que dice: “¡Hija, te vas a quedar mocita como la Duquesa de Guisa”!. Sin duda
debida a la falsa creencia de que nunca se casó.
Evidencia en cualquier caso este dicho la huella dejada por una gran
señora; una personalidad extraordinaria, que eligió Larache como lugar de
residencia porque se sintió enamorada de una ciudad hospitalaria, bella y con
un encanto especial.
Existió en el norte marroquí una corte, que ni estuvo en Tetuán, ni fue
la del Jalifa... Larache tuvo durante cincuenta y dos años la suya propia y los
larachenses de nacimiento o adopción nos sentimos orgullosos de ello. No por la
“corte” en sí, sino por haber tenido como conciudadana a Isabel de Orleáns y
Orleáns, Duquesa de Guisa (tía-abuela del rey Juan Carlos I), a cuyo recuerdo
hoy, tanto tiempo después de su muerte, dedico estas líneas con respeto, algo
de nostalgia y afecto.
CARLOS TESSAINER Y TOMASICH